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Ventas, manos y voces que dan vida al corazón de Madrid

  • Foto del escritor: Antón Vakula
    Antón Vakula
  • 12 nov 2024
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 11 dic 2024

En medio del bullicio del rastro, dos barquilleros, un artesano y una artista nos abren las puertas a sus experiencias, que juntas conforman la esencia de este emblemático mercado

Parada de metro: La Latina, Embajadores





Mucho más que un simple punto de compraventa. El rastro de Madrid transforma cada domingo las calles del barrio de La Latina en algo único, algo diferente, que sólo se puede explicar si se vive desde dentro. Para ayudarnos a comprender esta sensación hemos hablado con varios de los protagonistas que consiguen transformar estas calles en un mosaico de voces, colores, y en definitiva, arte. 


Nos adentramos de lleno en el mercado más icónico de Madrid, donde hemos podido conocer a algunos de sus personajes más singulares: dos barquilleros que mantienen viva una tradición centenaria, un vendedor de productos artesanales que llegó a España buscando una nueva oportunidad, y una artista que, con su voz y acompañada de una guitarra, llena de música y gente las escaleras que conectan las calles con los puestos de venta. A través de sus testimonios, descubriremos las historias ocultas detrás de los rostros que suelen pasar desapercibidos pero son fundamentales para dar esencia a este rincón único de Madrid, donde cada domingo confluyen tradición, creatividad y pasión.


Julián y Fernando no son para nada novatos en este ámbito. Tienen un pequeño puesto en el rastro, pero todo lo pequeño que tiene de tamaño se compensa con su enorme carisma y originalidad. Venden barquillos que hacen ellos mismos, y los distinguen en varios sabores y dos precios diferentes. “Tenemos de vainilla, chocolate, miel y canela, la bolsa pequeña a cinco y la grande a siete”. Como se avanzaba antes, su puesto, a pesar de ser pequeño, no pasa desapercibido, y esto ocurre debido a dos cosas: su llamativa vestimenta y forma en la que atraen a sus clientes al mismo.  


Sus trajes de chulapos son su sello. Este nombre se empezó a usar en el siglo XIX para referirse a los hombres que vestían de forma elegante en los lugares más populares de Madrid. Los “barquilleros de Madrid” lo hacen prácticamente desde que nacieron: “llevo viniendo aquí desde niño. Cuando mi padre me traía a su puesto me vestía igual que él”, cuenta Julián. Ahora siguen una tradición familiar prácticamente centenaria y lo hacen juntos desde el primer momento: “conozco a Julián desde que éramos muy pequeños, somos prácticamente hermanos”, relata Fernando. 


Siempre van acompañados de su barquillera, que utilizan para captar la atención de todo aquel que pasa por delante de su puesto. “Hace muchos años, la lata servía para depositar los barquillos cuando ibas de un lugar a otro, y la ruleta era una especie de juego, en el que los clientes la hacían girar para ver qué les tocaba”. Hoy en día son ellos los que la giran al grito de:


“¡Barquillos, barquillitos, los tenemos de vainilla que son una maravilla, los tenemos de miel que son buenos pa' la piel!

Julián y Fernando nos comentan que la situación en el rastro es muy diferente a cuando empezaron aquí. “Llevamos trabajando en el rastro desde hace más de 25 años, y ha cambiado muchísimo todo, tanto la clientela como los puestos de venta”. Nos apuntan que “antes había muchos más puestos de productos artesanales”. Este cambio se puede deber a los gustos de los nuevos compradores, en su mayoría turistas. “Hay muchos más turistas que antes. Sin embargo, nos ha venido muy bien su presencia. Vendemos mucho más y nos va mejor”. Sin duda, Julián y Fernando conservan en su interior y transfieren a su puesto la cara más castiza y tradicional del rastro.





Muy diferente es la situación de Javier. Al igual que los barquilleros, trabaja en un puesto artesanal, pero tiene un origen completamente distinto: “soy cubano, llevo en España tan solo dos meses”. Desde que ha llegado aquí, cada domingo abre su puesto en el rastro junto a su hermano, y entre ambos se reparten las tareas para sacar adelante el negocio: “mi hermano trabaja en las pinturas y en el cuero, la madera y el acero. Él es un artista y yo un escultor”


Además de fabricar anillos y otros objetos, Javier realiza minuciosos dibujos sobre cuero que luego se pueden pegar a la  pared de una casa: “son diseños que requieren de mucha técnica y tiempo. Se debe quemar bien la pintura para que se quede pegada y bien adherida al cuero”. La temática de estos dibujos es diversa, pero en su mayoría se centra en el manga y el cine: “Me encanta el cine y me gratifica que la gente se lleve una parte de mí a su casa”. 



La joya de la corona de su puesto son las espadas que él mismo fabrica, las cuales tienen una original procedencia: “estas espadas están hechas con el hueso del pez espada, y tienen una longitud de un tercio del total de la pieza original”. A pesar del esfuerzo que emplea en su trabajo, Javier afirma que a veces es muy difícil sacar este negocio adelante. “Hay días que no vendes, o vendes una o dos cosas a última hora, y se hace difícil”. Pero concluye su relato con un mensaje esperanzador:


“Si Dios quiere estaremos aquí muchos más domingos”



“Para mí el rastro representa un punto de inspiración y libertad en la calle”

Inés es una artista callejera que va cada domingo a cantar al rastro a viva voz. “Yo quería expresar mi música, y quería hacerlo de la forma más natural que hay, que es salir a la calle y cantar”. Sus inicios en esta aventura comenzaron el año pasado, cuando conoció a unos chicos que tocaban en la calle y le propusieron ir un día a verlos al rastro y compartir algo cantando lo que sintiera: “Me incorporé a cantar una canción, canté historia del amor y les gustó mucho. Fue un momento muy bonito”


Inés nos cuenta que para ella cantar en el rastro fue un punto decisivo en su trayectoria como artista. “Me ayudó mucho a salir a conocer gente y músicos, y a raíz de eso empecé a trabajar dando bolos en otros sitios y formé una red de amigos y familia nueva que hasta ahora no había tenido”. Además, resalta la pureza de cantar en el rastro: “Es el inicio de lo que quiero hacer y a lo que me quiero dedicar. Considero que es la forma de contacto más pura que hay, porque es el contacto directo con la calle”.


El tipo de música que interpreta suele ser canciones que se relacionan con el folklore español: “cantamos desde canciones más antiguas, copleras, algún tango argentino, y muchas de fusión flamenca”. Inés canta por y para su público. Cuenta que la gente siempre se para aunque cante mal o bajito. “Si alzas la voz y verdaderamente expresas lo que sientes, incluso gente que venía al rastro a comprar se suma a cantar o palmear con nosotros”. 


Inés remarca la ilusión que le hace que siempre se pare gente a escucharla. “Siempre he sentido a la gente muy cercana, muy familiar”. Concluye su relato expresando lo que es rastro y su esencia para ella. “El rastro tiene un ambiente libre. Se respira creatividad, inspiración y mucho arte. Ese ambiente influye mucho en la interpretación, porque no hay ningún tipo de presión ni compromiso, solo se busca el disfrute propio y el de los demás”.








Anton Vakula


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